
A un año del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, la industria automotriz mexicana enfrenta aranceles, presión financiera y un reacomodo global que redefine costos, inversiones y estrategias.
El 20 de enero se cumple un año desde que Donald Trump regresó a la presidencia de Estados Unidos y, para la industria automotriz mexicana, la fecha funciona más como un punto de quiebre que como una efeméride política. Doce meses después, el sector opera en un entorno que sus protagonistas describen con frases que se repiten en cada conversación: “año desafiante”, “contexto retador”, “momento complejo”, “ambiente hostil”, “momento incierto”. Todas buscan poner nombre a una misma sensación: las certezas que durante décadas guiaron las decisiones industriales se desdibujaron.
En los encuentros con CEO y directores generales de las marcas el diagnóstico converge. La industria no atraviesa solo un ciclo económico adverso, sino una reconfiguración profunda del entorno global. “Hemos vivido un ambiente hostil y hemos visto cómo el mercado se ha ido moviendo”, dijo a finales de diciembre Edgar Casal, director de Audi en México, una percepción compartida por fabricantes, distribuidores y proveedores.
Para Guillermo Rosales, presidente de la Asociación Mexicana de Distribuidores de Automotores (AMDA), la diferencia frente a otras crisis es la velocidad del cambio. “Nunca como hoy los cambios han sido tan intensos y acelerados; por eso, el momento actual está marcado por la incertidumbre”, afirma. Esa aceleración erosiona la capacidad de planeación y reduce los márgenes de maniobra.
Detrás de esta sensación de incertidumbre se esconde una transformación más profunda. José Antonio Lozano, presidente de la Junta de Gobierno de la UP-IPADE, lo describe como la entrada a “una nueva era”, un terreno sin mapas claros en el que las decisiones se toman calculando riesgos en tiempo real.
Durante décadas, explica Lozano, empresas y gobiernos compartieron valores y supuestos relativamente estables, anclados en el orden político y económico moderno. Hoy, ese consenso se fragmenta. “Lo que está cambiando somos nosotros: nuestra forma de concebir el mundo, nuestros valores y nuestra percepción de la realidad”, señala.
Ese viraje ocurre en un entorno de inestabilidad inédita. “Los cambios suceden a tal velocidad que apenas se alcanza a comprender uno cuando ya irrumpe el siguiente”, dice Lozano. El resultado es “un mundo difícil de aprehender, marcado por la incertidumbre”, donde los pronósticos pierden precisión.
Washington como epicentro de la volatilidad
En el centro de esa inestabilidad están las decisiones que emanaron de la Casa Blanca en el último año. En este periodo, la administración Trump impulsó aranceles que alcanzaron a decenas de países, profundizó la rivalidad con China, reabrió renegociaciones comerciales y recurrió a declaratorias de seguridad nacional para endurecer fronteras o justificar medidas imperialistas. Washington abrazó un proteccionismo que durante años cuestionó.
La lógica detrás de esta postura tiene raíces internas. Mauricio Meschoulam, analista y consultor internacional en paz y seguridad, explica que la narrativa parte de una percepción de declive. “Desde la perspectiva de Donald Trump, Estados Unidos es un país en donde no hay orden”, afirma. “Trump no está pensando en cifras, datos, comercio, porque las herramientas económicas están subordinadas a un objetivo mayor, que es devolverle la dignidad y ponerlo primero”.
En ese choque geopolítico, el automóvil dejó de ser solo un bien de consumo para convertirse en un activo estratégico. La presión arancelaria ya se refleja en los costos. Guido Vildozo, analista de S&P Global Mobility, calcula que el precio de los autos en Estados Unidos ha subido alrededor de 4%, aunque el costo real para las marcas se ubica entre 6% y 9%.
Por ahora, son las empresas y sus proveedores quienes han absorbido esa diferencia. “¿Cuánto cuesta financiar eso? Para una marca pequeña, mediana, el mes de financiamiento de estos aranceles representa 200,000 dólares”, dice Vildozo.
Las cifras confirman el impacto. Stellantis, que agrupa marcas como Jeep, Ram, Peugeot y Fiat, estimó a mediados de 2025 que los aranceles impuestos por Trump tendrían un impacto anual de entre 1,000 y 1,500 millones de euros, equivalentes a entre 1,166 y 1,749 millones de dólares.
Frente a esa presión, Estados Unidos concedió un periodo de gracia para que los fabricantes ajusten operaciones y cadenas de suministro, con el objetivo de llevar más producción a su territorio. Es parte de una estrategia industrial orientada a asegurar contenido regional, empleo local y capacidad productiva.
“De marzo a noviembre, Trump ya tiene garantizados 50,000 millones de dólares de inversión del sector automotriz; no son plantas nuevas, pero es mayor capacitación de las plantas actuales”, apunta Vildozo. En contraste, México tardó una década en expandir seis plantas con un monto similar de inversión.
México: integración profunda, margen reducido
México es el séptimo mayor fabricante de vehículos del mundo y, al mismo tiempo, una economía profundamente integrada a Estados Unidos. “México no es una isla”, recuerda Meschoulam. “Cualquier movimiento de Washington repercute en cadenas que cruzan la frontera hasta ocho veces antes de convertirse en un automóvil terminado”.
Aunque las exportaciones mexicanas de vehículos y autopartes se mantuvieron relativamente estables en 2025, la presión crece conforme se acerca la revisión del T-MEC. Francisco González, presidente de la Industria Nacional de Autopartes (INA), señala que más del 80% de las autopartes exportadas a Estados Unidos cumple con los procedimientos, pero los costos adicionales afectan la competitividad.
Por ello, el sector busca llegar a la mesa trilateral con una postura común. “Para nosotros es fundamental defender once temas prioritarios (en la revisión del T-MEC), entre ellos la simplificación administrativa y la eliminación de aranceles, porque sin esos ajustes Norteamérica perderá competitividad”, dice González.
No obstante, esta visión no es compartida por Washington. A principios de enero, Donald Trump minimizó el alcance del acuerdo comercial firmado con México y Canadá en 2020, al asegurar que “no hay ninguna ventaja real” para la economía estadounidense. Desde su perspectiva, el pacto resulta prescindible para Washington. “Podríamos tenerlo o no, no importaría”, dijo ante periodistas, al ser cuestionado sobre su disposición a renegociarlo o permitir que expire. “Es irrelevante”.
Sus declaraciones añadieron tensión a un proceso de revisión ya de por sí complejo, previsto para julio.
El mensaje del mandatario contrasta con la postura de los principales ejecutivos de la industria automotriz, que ven en el T-MEC un pilar operativo más que un instrumento político. Días después de las declaraciones de Trump, el presidente ejecutivo de Ford Motor Company, Jim Farley, subrayó que el acuerdo es “crucial” para el sector, al recordar que la compañía funciona bajo un modelo de manufactura regional integrada, con plantas estratégicas tanto en Estados Unidos como en México.
Para las automotrices, el tratado no es un accesorio negociable, sino la base que permite coordinar inversiones, cadenas de suministro y decisiones de producción en América del Norte, justo cuando el discurso político vuelve a poner en duda su vigencia. El riesgo es que una relocalización acelerada hacia Estados Unidos, con una estructura de costos más alta que la de México y Canadá, termine restando eficiencia a toda la región.
A esa presión se suma la merma de liquidez. Aranceles, reinversiones y tasas elevadas reducen el margen financiero. “El problema inflacionario es, sobre todo, que las tasas referenciales soberanas van a permanecer un poco más elevadas de lo que quisiéramos”, señala Vildozo. “La industria automotriz financia el 60-70% de la cadena”.
Las cifras de rentabilidad reflejan el ajuste. En 2025, el Grupo Volkswagen recortó su expectativa de margen operativo a entre 2% y 3%, desde el 4% al 5% previo. Nissan vio caer el suyo a 0.5%, desde 1.5%.
China llena el vacío
Ese estrechamiento financiero limita la capacidad de invertir en nuevas plataformas. En los pisos de venta, alrededor de 40% de la oferta corresponde a productos antiguos, lo que reduce el atractivo para concesionarios y consumidores, explica Vildozo.
El vacío estratégico ha sido aprovechado por China. Tras una década de control de recursos críticos, dominio en tierras raras, semiconductores y una fuerte apuesta por innovación, el país asiático consolidó una ventaja estructural. “China conserva la capacidad de refinación de estos minerales críticos”, recuerda Vildozo.
La brecha de costos es contundente. S&P Global Mobility estima que el costo por kilowatt-hora de una batería en China ronda los 52 dólares, frente a los 60 dólares de un motor de combustión. “Quiere decir que China ya produce vehículos eléctricos más baratos que los modelos a combustión interna”, dice Vildozo.
Esa ventaja impulsa la expansión global de las marcas chinas. Se prevé que coloquen tres millones de unidades anuales mediante producción local en distintas regiones, incluido México. “Unas 160,000 unidades de marcas chinas se venderán en el país cada año”, estima el analista.
En un mercado que podría ajustarse a 1.3 millones de vehículos, los distribuidores enfrentan un entorno más estrecho. “Hoy, la venta de vehículos nuevos por punto de venta ronda las 500 unidades, después de haber alcanzado un pico histórico cercano a las 700 en 2016”, dice Rosales.
En este contexto, encontrar certezas no será sencillo. Meschoulam propone abandonar los pronósticos rígidos y trabajar con escenarios. “Estamos ante un mundo más anárquico, más turbulento, más impredecible”, dice. Un año después del regreso de Trump, la industria automotriz mexicana avanza así: sin mapas claros, pero obligada a seguir moviéndose.

El CEO de Google Deepmind es consciente de que la carrera entre China y occidente cada vez se empareja más, aunque todavía duda de si pueden producir innovación.
Aunque China sigue necesitando hardware estadounidense para avanzar en sus proyectos de Inteligencia Artificial generativa, la realidad es que la evolución de sus modelos está únicamente a “unos meses” detrás de las capacidades estadounidenses, de acuerdo con el director ejecutivo de Google Deepmind, Demis Hassabis.
Si bien no tiene los mismos reflectores que Sam Altman o Mark Zuckerberg, Hassabis para nada es un sujeto improvisado en el mundo de la IA. Es el director de uno de los laboratorios de IA más avanzados en todo el planeta, responsable, entre otras innovaciones, del sistema Gemini, de Google.
Durante una reciente entrevista con CNBC, Hassabis señaló que los modelos de IA chinos están más cerca de las capacidades estadounidenses y occidentales “de lo que quizá pensábamos hace uno o dos años (...) Quizás sólo estén atrasados unos meses en este momento”, comentó.
Esta perspectiva no sólo la tiene Hassabis, sino que se trata de un pensamiento que los grandes líderes tecnológicos conocen. A mediados del año pasado, Jensen Huang, CEO de Nvidia, también aceptó la situación de forma pública, aunque él desde la industria de los chips de IA..
“Estados Unidos ha basado su política en la suposición de que China no puede fabricar chips de IA”, comentó el ejecutivo en junio . “Eso siempre fue cuestionable y ahora claramente es un error. La pregunta no es si tendrán IA, porque ya la tienen”.
Por su parte, el el doctor José Luis Jauregui, catedrático de posgrado en CETYS Universidad y especialista en semiconductores, previó para Expansión que China se pondrá a la par de Estados Unidos en poco tiempo a nivel tecnológico, lo cual intensificará la carrera geopolítica entre ambos países.
“China está preparando sus propios chips y tarde o temprano va a alcanzar o superar a Nvidia”, comentó Jauregui . “Este es un juego geopolítico, pero no dudo que en dos años máximo alguna empresa china esté a la par de Nvidia”.
Las carencias y ventajas de China frente a Estados Unidos
Uno de los ejemplos que demuestran el potencial de China en la IA es DeepSeek, firma que el año pasado presentó su modelo y sorprendió a los mercados por sus avanzadas capacidades con chips menos avanzados y a un costo menor que alternativas occidentales.
Después surgieron modelos de empresas como Alibaba o Moonshot AI, pero Hassabis resaltó que una carencia de la industria china es que todavía no han demostrado ser capaces de crear avances reales y propios en la IA.
“¿Pueden innovar algo nuevo más allá de la frontera?”, cuestionó Hassabis. “Creo que han demostrado que pueden alcanzarla y estar muy cerca de ella, pero ¿pueden realmente innovar con algo que trascienda esa frontera, como un nuevo transformador? No creo que eso se haya demostrado todavía”.
No obstante, Huang ha sido enfático en que China, además no estar muy por delante de Estados Unidos en la carrera de la IA, tiene una ventaja relevante en términos de recursos energéticos que les permiten estar mucho más cerca de las empresas occidentales.
“China nos lleva una gran ventaja en materia de energía. Nosotros estamos muy por delante en chips”, afirmó. “Ellos están a la altura en infraestructura y ahora también en modelos de IA”.

México atraviesa una paradoja peligrosa. Mientras se celebra la expectativa de consumo, la inversión (el verdadero motor del crecimiento sostenido) permanece atrapada en una zona gris.
México está a punto de vivir uno de los momentos de mayor exposición internacional de su historia reciente. En este 2026 el país será anfitrión del evento deportivo más visto del planeta y, con ello, miles de millones de miradas se posarán sobre nuestras ciudades, nuestra infraestructura y, sobre todo, nuestra economía.
El Mundial llegará con estadios a reventar, capacidad hotelera al límite y una narrativa optimista de consumo. Pero, detrás de esa postal vibrante existe una pregunta incómoda que no puede seguir posponiéndose: ¿estamos preparados para convertir ese impulso temporal en crecimiento real y duradero?
El entusiasmo que rodea al Mundial 2026 es comprensible, hasta lógico. El evento promete dinamizar sectores clave como el turismo, el comercio y los servicios. Habrá derrama económica, empleo temporal y una inyección de ánimo en el mercado interno. Todo eso suma. El problema aparece cuando se confunde movimiento con avance; actividad con dirección; fiesta con estrategia.
Desde mi punto de vista, México atraviesa una paradoja peligrosa. Mientras se celebra la expectativa de consumo, la inversión (el verdadero motor del crecimiento sostenido) permanece atrapada en una zona gris. No se desploma de manera estrepitosa, pero tampoco despega. Se mantiene en pausa, expectante, cautelosa. Y una economía que vive esperando no crece; por el contrario, se estanca.
El debate económico reciente ha puesto el dedo en la llaga. La inversión pública se ha reducido de forma significativa y la inversión privada, aunque presente, no alcanza para compensar esa ausencia. El resultado es un país que se mueve más por inercia que por convicción. Hay proyectos, sí, pero no una narrativa clara a largo plazo. Hay capital disponible, pero no siempre confianza suficiente para desplegarlo.
Creo que el mayor riesgo del Mundial 2026 es que funcione como una cortina de humo. Que el ruido del evento tape una conversación más profunda sobre certidumbre jurídica, reglas claras y visión económica. El consumo que llegará con el torneo será bienvenido, pero es finito. Dura semanas. La inversión, en cambio, define décadas.
Desde la perspectiva empresarial, el mensaje ha sido ambiguo. México sigue siendo atractivo por su mercado interno, su ubicación geográfica y su talento. Sin embargo, también enfrenta señales contradictorias que obligan a las empresas a operar con cautela. Cuando invertir se percibe como una apuesta y no como una decisión racional, el capital se vuelve conservador. No huye, pero tampoco se arriesga.
No, no estoy sugiriendo que neguemos los beneficios del Mundial ni que minimicemos su impacto; sugiero que entendamos su verdadera dimensión. El torneo puede ser un acelerador, pero no un sustituto de política económica. Puede amplificar lo que ya existe, pero no crear lo que falta. Si el país deja pasar el 2026 sin una base sólida de inversión, el rebote será breve y el regreso a la realidad, abrupto.
Hagamos el compromiso de aprovechar este momento para algo más ambicioso, que recibir turistas y vender camisetas. Creo que México debería utilizar la atención global como una plataforma para enviar una señal clara a los mercados: "aquí se puede invertir con reglas estables, visión de largo plazo y compromiso institucional". Y esa señal no se construye con discursos, sino con decisiones consistentes.
El problema del limbo de la inversión no es técnico; es emocional y político. Es la sensación de que el rumbo puede cambiar sin aviso, de que las reglas no siempre son previsibles, de que el largo plazo compite constantemente con la urgencia del corto. Mientras esa percepción persista, el capital seguirá esperando.
Desde mi perspectiva, el verdadero legado del Mundial no debería medirse solo en cifras de consumo o en ocupación hotelera, sino en si fue capaz de marcar un punto de inflexión en la confianza económica del país.
La pregunta clave no es cuánto se gastará durante el torneo, sino cuántas empresas decidirán quedarse, expandirse e invertir cuando las luces se apaguen.
México no necesita más eventos espectaculares; ¡necesita continuidad! No requiere euforia, sino certidumbre. El Mundial 2026 puede ser una oportunidad histórica, pero solo si se entiende que el crecimiento no se improvisa y que la inversión no responde a aplausos, sino a convicción. ¡Ahí está el verdadero partido que México debe ganar!

El incremento se verá aplicado en el primer depósito correspondiente a febrero, el cual tiene una fecha exacta dependiendo de cada una de las dependencia
Tras anunciarse el ajuste anual de la Unidad de Medida y Actualización (UMA) para 2026, publicado por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), miles de pensionados y jubilados del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) y del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE) se han preguntando si verán reflejado un aumento en sus depósitos correspondientes al mes de febrero.
En este sentido, las autoridades han recordado que el aumento de la UMA entra en vigor al inicio de febrero, por lo que los primeros depósitos con el monto actualizado se realizarán ese mes. No obstante, no todos los pensionados verán reflejado un aumento, sino solo ciertas personas en concreto.
Cabe mencionar que, tanto el IMSS como el ISSSTE, efectúan los pagos de pensiones el primer día hábil de cada mes, de acuerdo con sus calendarios operativos. En 2026, el 1 de febrero cae domingo, por lo que los depósitos se moverán automáticamente al lunes 2 de febrero, sin que esto represente un retraso fuera de lo habitual ni modificaciones extraordinarias en el esquema de pago.
Las autoridades han subrayado que no es necesario realizar trámites adicionales para recibir el monto actualizado, siempre que la pensión esté correctamente registrada.
Pensiones del IMSS: cuáles aumentan y cuáles no
En el caso del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), es importante aclarar que la mayoría de las pensiones no reciben un aumento directo por la UMA, ya que se calculan principalmente con base en el salario mínimo, el cual fue actualizado desde el 1 de enero de 2026. Por esta razón, quienes ya están pensionados bajo el régimen general del IMSS no observarán un incremento adicional en febrero derivado de este ajuste.
Sin embargo, la UMA sí tiene efecto dentro de la Modalidad 40, también conocida como Continuación Voluntaria al Régimen Obligatorio. Este esquema permite a los trabajadores que deciden seguir cotizando aumentar su salario base de cotización hasta un máximo de 25 UMAs, lo que impacta en la futura pensión que recibirán.
Es importante destacar que el ajuste en la Modalidad 40 no representa un aumento automático para los pensionados actuales, sino que afecta únicamente a quienes continúan realizando aportaciones voluntarias. Quienes ya reciben su pensión regular bajo el IMSS observarán el mismo monto que se pagó en enero, sin incremento derivado de la UMA.
Pensiones del ISSSTE: cuáles aumentarán
A diferencia del IMSS, el ISSSTE contempla pensiones que se calculan directamente con base en la UMA, por lo que sí recibirán incremento a partir de febrero de 2026. Este ajuste aplica automáticamente a los siguientes tipos de pensión:
En estos casos, el nuevo valor de la UMA se incorpora de manera automática al cálculo mensual, sin necesidad de realizar solicitudes, actualizaciones o trámites adicionales. Para quienes tengan dudas sobre su pensión o el cálculo del ajuste, el ISSSTE ofrece atención a través del teléfono 55 5062 0555, donde se pueden aclarar casos específicos.
¿Cómo saber si tu pensión aumentará en febrero?
Para saber cuales son los pensionados que verán aumento en sus pensiones, basta con que los beneficiarios revisen el tipo de pensión que reciben. Ante cualquier duda, se recomienda consultar con las líneas de atención del IMSS (800 623 2323) o del ISSSTE (55 5062 0555), ya que estos servicios pueden confirmar si el ajuste por UMA se aplicará en su depósito de febrero, cumpliendo así con las reglas de actualización oficiales.